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La reflexión y la sabiduría

Platón, el filósofo griego, enseñaba que la sabiduría no tenía nada que ver con la opinión, a la que denominaba doxa y a la vez, como la forma menos confiable del saber. Para alcanzar un saber verdadero, Platón postulaba la necesidad de someter el conocimiento a discusión colectiva para, escuchando y confrontando diferentes argumentos y puntos de vista, ir decantando y elevando el conocimiento. Este proceso lento y esforzado de ascenso del saber, lo llamó Platón episteme. Un punto clave en esta metodología para construir conocimiento era la reflexión, que es el acto mediante el cual una persona revisa lo actuado, lo sopesa, lo confronta y al evaluarlo puede descubrir errores, debilidades, falencias y, en consecuencia, si es del caso, corrige, modifica o rechaza creencias y comportamientos.

La reflexión se constituye, entonces, en la columna vertebral de la sabiduría. Sólo mediante ella es posible que un ser humano caiga en cuenta de sus equivocaciones y el mismo tome los correctivos necesarios. No obstante, la reflexión es bastante escasa en nuestro medio. Ante cualquier crítica, en lugar de escucharla y revisarla con atención para luego reflexionar, lo que usualmente se hace es atacar al crítico, sin tener para nada en cuenta si las críticas tienen algún fundamento.

Nuestra actitud cotidiana ante cualquier crítica, casi sin escucharla, es negarla, no aceptarla, refutarla… Cada persona encerrada en sus certidumbres y certezas, se considera como portadora de la verdad, luego lo que dicen los otros, no es un tema de diferencia, sino de equivocación o de mala fe. Encerrada en la comodidad de su verdad, la persona considera que su deber es convencer al otro, nunca escucharlo, porque el otro estaría viviendo en el error. El tema es sencillo: yo tengo la verdad, el otro no es diferente ni distinto, sino un ser equivocado y todo lo que diga no deja de ser un cúmulo de sandeces. ¿Para qué escucharlo o reflexionar sobre lo que me dice?

Se considera más valioso blindarse con una buena disculpa, que reflexionar sobre los argumentos del otro. Además, validos de la filosofía de los técnicos de fútbol de que la mejor defensa es el ataque, ante cualquier comentario, que se asume ya equivocado desde su origen, se llega al extremo de salir lanza en ristre, no importa si hay que calumniar, mentir o desprestigiar con toda saña, sevicia y alevosía, a negar al que opina diferente.

Yo creo que esta manera de organizar el pensamiento en la que nos sentimos seguros, dueños de la verdad, en la que creemos que nuestro entender es universal y compartido por todos, en la que asumimos la diferencia como afrenta o como una declaración de guerra, en la que negamos al otro como actor legítimo para convivir y solo lo vemos como enemigo, y en la que la reflexión no se utiliza por innecesaria o inútil, constituye los elementos con los que se adoba la exclusión y la violencia con todas sus consecuencias.

Llamar a la reflexión paciente, seria, sincera y permanente es llamar a construir paz, a aprender a respetar a los demás, a mejorar la convivencia, a fortalecer los lazos de interrelación interpersonal, a aprender a vivir con alegría y dejar de lado cargas de odio y resentimiento que enturbian la mirada de los que se aferran a sus verdades, a sus seguridades y muy poco reflexionan.

 

AGUSTÍN ANGARITA LEZAMA.

Septiembre 12 de 2014

 

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