Respeto y convivencia

Hace días me encontré un amigo que va en camino de ser predicador de los Testigos de Jehová. Se dedicó un tiempo a estudiar la biblia y, detrás de unas corbatas pedidas a conocidos como donación, comparte sus conocimientos religiosos con otros asistentes a reuniones de culto. Al preguntar qué era lo que hacía me dijo que lo primero era contar la verdad sobre la biblia. Que otras religiones solo enseñaban mentiras, llenándoles la cabeza de falsedades y falacias a los fieles y a los niños. Es decir, ellos son los que poseen la verdad y realmente entienden las escrituras sagradas.

En alguna ocasión compartí charla con un amigo que, entre otras cosas, es hincha del Deportes Tolima. Cuando entramos al tema del fútbol, el ambiente se puso tenso. Para él su equipo es el mejor del mundo y los pocos encuentros que pierde son porque los árbitros le roban los partidos o las mafias arreglan los resultados. No le valieron mis comentarios sobre la destacada calidad de Cristiano Ronaldo, Messi, Neymar, o de sus equipos estelares. La única verdad era la que planteaba mi amigo y la de su Deportes Tolima.

Otro día me abordó un profesional ibaguereño a ponerme el tema del Centro Democrático. No tardó en explicarme las lúcidas disertaciones de su preclaro jefe el doctor Álvaro Uribe, y la validez y claridad de todas sus propuestas. Según él, de la boca del gran timonel de ese movimiento no afloraban sino verdades y todas incontrovertibles.

Esto lo traigo a colación pensado en la matanza de los periodistas de la revista Charlie Hebdo en Paris que ha desatado gran solidaridad y ha puesto en el centro del debate las libertades de culto, prensa, pensamiento y expresión. El gran delito de los caricaturistas fue pensar diferente de algunos extremistas creyentes del Corán…

El problema en todos estos casos es arrogarse el derecho a tener la verdad. Si una persona cree que tiene un camino expedito para llegar a la verdad y convertirla en patrimonio propio, ella puede pensar que todos los demás es tán sumidos en el error y la mentira, que son descarriados individuos, que su destino es traerlos a buen sendero, hacerlos caer en cuenta de sus fallas y reivindicarlos. O en caso extremo, castigarlos por su porfía. Debe pensar que la verdad siempre triunfa sobre el mal…

 

Si desde chicos nos inculcaran que no hay solo una verdad, que ella es relativa, que hay muchas verdades válidas y respetables, creceríamos en el respeto, en la seguridad que se tiene un punto de vista que no es único, universal y verdadero, sino falible, cambiable y temporal. Está bien que la gente crea y profese su religión. Pero que aprenda a respetar a los que creen y profesan otras. Está bien que crean en su partido político y sus jefes, pero que no los conviertan en los Mesías que viven en la verdad. La política la ejercen los humanos y ellos se equivocan, fallan y se dejan llevar por las pasiones. Igual ocurre con los gustos deportivos y la vida en general. Solo enseñando desde niños y hasta siempre, respeto por los demás, dignidad y no violencia, empezamos a prevenir masacres, odios, venganzas, violencias y a convivir en solidaridad y en paz.

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AGUSTÍN ANGARITA LEZAMA

La reflexión y la sabiduría

Platón, el filósofo griego, enseñaba que la sabiduría no tenía nada que ver con la opinión, a la que denominaba doxa y a la vez, como la forma menos confiable del saber. Para alcanzar un saber verdadero, Platón postulaba la necesidad de someter el conocimiento a discusión colectiva para, escuchando y confrontando diferentes argumentos y puntos de vista, ir decantando y elevando el conocimiento. Este proceso lento y esforzado de ascenso del saber, lo llamó Platón episteme. Un punto clave en esta metodología para construir conocimiento era la reflexión, que es el acto mediante el cual una persona revisa lo actuado, lo sopesa, lo confronta y al evaluarlo puede descubrir errores, debilidades, falencias y, en consecuencia, si es del caso, corrige, modifica o rechaza creencias y comportamientos.

La reflexión se constituye, entonces, en la columna vertebral de la sabiduría. Sólo mediante ella es posible que un ser humano caiga en cuenta de sus equivocaciones y el mismo tome los correctivos necesarios. No obstante, la reflexión es bastante escasa en nuestro medio. Ante cualquier crítica, en lugar de escucharla y revisarla con atención para luego reflexionar, lo que usualmente se hace es atacar al crítico, sin tener para nada en cuenta si las críticas tienen algún fundamento.

Nuestra actitud cotidiana ante cualquier crítica, casi sin escucharla, es negarla, no aceptarla, refutarla… Cada persona encerrada en sus certidumbres y certezas, se considera como portadora de la verdad, luego lo que dicen los otros, no es un tema de diferencia, sino de equivocación o de mala fe. Encerrada en la comodidad de su verdad, la persona considera que su deber es convencer al otro, nunca escucharlo, porque el otro estaría viviendo en el error. El tema es sencillo: yo tengo la verdad, el otro no es diferente ni distinto, sino un ser equivocado y todo lo que diga no deja de ser un cúmulo de sandeces. ¿Para qué escucharlo o reflexionar sobre lo que me dice?

Se considera más valioso blindarse con una buena disculpa, que reflexionar sobre los argumentos del otro. Además, validos de la filosofía de los técnicos de fútbol de que la mejor defensa es el ataque, ante cualquier comentario, que se asume ya equivocado desde su origen, se llega al extremo de salir lanza en ristre, no importa si hay que calumniar, mentir o desprestigiar con toda saña, sevicia y alevosía, a negar al que opina diferente.

Yo creo que esta manera de organizar el pensamiento en la que nos sentimos seguros, dueños de la verdad, en la que creemos que nuestro entender es universal y compartido por todos, en la que asumimos la diferencia como afrenta o como una declaración de guerra, en la que negamos al otro como actor legítimo para convivir y solo lo vemos como enemigo, y en la que la reflexión no se utiliza por innecesaria o inútil, constituye los elementos con los que se adoba la exclusión y la violencia con todas sus consecuencias.

Llamar a la reflexión paciente, seria, sincera y permanente es llamar a construir paz, a aprender a respetar a los demás, a mejorar la convivencia, a fortalecer los lazos de interrelación interpersonal, a aprender a vivir con alegría y dejar de lado cargas de odio y resentimiento que enturbian la mirada de los que se aferran a sus verdades, a sus seguridades y muy poco reflexionan.

 

AGUSTÍN ANGARITA LEZAMA.

Septiembre 12 de 2014

 

Optimismo para la vida.

La vida es algo maravilloso que infortunadamente no valoramos. La tierra se formó hace cinco mil millones de años. Hace cuatro mil 500 millones de años se creó la vida. La vida en un principio era de organismos de una sola célula, que vivían en la oscuridad, en un ambiente con vapor de agua, amoniaco, metano, CO2, sin oxígeno, sin capa de ozono y por lo tanto, expuesta a los rayos ultravioleta. Hace unos dos mil 200 millones de años ocurrió la catástrofe ambiental que por poco acaba con la vida en el planeta. Apareció el oxígeno, un venenoso gas que inundó el ambiente y causó la desaparición de la mayoría de seres vivos existentes. La vida amenazada aceptó el difícil reto y se adaptó a vivir con oxígeno. Esta adaptación transformó el planeta.

Aparecieron entonces los árboles que produjeron más oxígeno, y otros seres vivos con muchas células y mayor complejidad, luego los peces, reptiles, anfibios, y hace 200 millones de años aparecieron los mamíferos. Los antropoides en tierra se originaron hace unos 20 millones de años y los homínidos hace unos 10 millones de años. Los humanos aparecieron en la tierra hace tan solo unos ciento cincuenta mil años. Fijémonos bien, hace cuatro mil 500 millones años apareció la vida y hace apenas ciento cincuenta mil años aparecieron los homo sapiens. Es decir, los humanos somos muy nuevos en la historia de la vida.

Nuestro planeta tierra hace parte de un cosmos que no está quieto, que se crea, destruye y se expande de manera permanente. Nacen nuevos soles y nuevas galaxias y desaparecen otros. El universo es fundamentalmente un gran vacío en el que la materia organizada que conocemos representa menos del dos por ciento del universo. Esto hace pensar que la vida como la conocemos es única o, por lo menos, rarísima en el universo.

La vida se ha hecho a contracorriente, superando muchas dificultades. Creando organización desde el caos. Manteniendo esa organización a costa de esfuerzo, creatividad, terquedad e imaginación. En el ser humano confluyen muchos de los esfuerzos de la naturaleza por complejizar y mantener la vida. Dicho en otras palabras, los humanos hemos recibido del planeta una herencia de la vida expresada en ríos, paisajes, biodiversidad, atmósfera, capa de ozono, belleza y esplendor. Una vida que es una sonrisa en un mar de oscuridad y escepticismo. Una vida humana que ha sido capaz de maravillas que no dejan de impresionar.

Sin embargo, el ser humano ha sido capaz en los últimos 50 años de poner en riesgo esta preciosa herencia. Pero no es el ser humano por su naturaleza el responsable, sino es la manera como se ha construido su entendimiento y su saber. Es cómo se le ha enseñado su relación con la naturaleza y sus congéneres. Esto último es remediable y corregible. Es cierto que es difícil, largo y complicado, pero posible. Entender el largo camino que ha recorrido la vida hasta nuestra aparición exige mucho optimismo, exige compromiso y requiere una férrea voluntad de futuro.

La vida tiene tantas cosas bellas que no podemos dilapidar pensando sólo en las tristezas, odios y bellaquerías que existen. La vida, que incluye a la muerte, tiene a la felicidad y a la alegría como su sustento y a la esperanza como su posibilidad.

AGUSTIN ANGARITA LEZAMA

Enero 9 de 2015